De cándido a abyecto. El presidente que nunca fue

Parecías un tipo bonachón. Pero yo no lo creí desde el principio. En persona, inspirabas una mala vibra. Ese tipo de mal espíritu que los chuchos pueden percibir y que los hace gruñir. Cierto, andabas con cara de niño buena gente. Pero en persona no lo eras. Te decías ser sencillo. Pero tu debilidad, manifestada en soberbia y vanidad, te dominaron siempre. Por lo menos desde que te vi por primera vez, meses antes de elecciones en 2015. En el inicio de tu periodo malogrado, tu meta –débil y vacía- era salir siempre bien librado. Aplaudido, como todos los actores —tanto los excelsos, como los idiotas— lo quieren cuando suben al tablón. Recuerdo tu primer día. Fue un lunes. A primera hora, interrumpiste la entrevista diaria, llamando por teléfono al programa de Emisoras Unidas. Piénsalo bien, interrumpiste al experto invitado. Tus pensamientos, si acaso así cabe llamarlos, simplemente no daban talla. Lucías mal. ¿Recuerdas esas primeras semanas de pantomima? ¿Cuando prometiste conferencias semanales a la prensa para comunicar?. No recuerdo los detalles. Pero desde la primera, el desastre fue penoso. Se te salió de las manos. Los periodistas —¿quién lo hubiera pensado?— eran más inquisidores que el espejo donde practicas tus ademanes. Al principio, como al final, a nadie le interesó lo que pensaras. Sí, te perteneció la banda presidencial, y hasta se puede apostar a más de alguna noche no te la quitaste ni para dormir. La usaste, sí. Pero nunca presidiste el país.

En retrospectiva, al pensarlo, leerte no era complicado. Tus socios, peligrosos. Tus modos, bagres. Y tus amigos, gachos. Pero muchos se decidieron por el beneficio de la duda. Callar, no hablar. Desde los gringos, con sus confusas agendas, hasta los socios eternos de un Estado cruel, y egoísta. Pero el tiempo fue rápidamente quitando maquillaje. No pasaban cuatro meses de tu gestión cuando dijiste que ibas a ver las necesidades de los migrantes. Fuentes internas revelaron que andabas ansioso de vítores y abrazos. Te tuvieron paciencia a quienes rápidamente traicionaste. Fue esa vez que el New York Times, al saber que llegaba a casa un presidente centroamericano, te dio cámara en una entrevista en vivo. Cierto, cualquiera puede errar y tu ingenuidad era notoria. Pero ¿qué clase de ser humano se mofa de una población como la migrante, que con su aporte y sufrimiento hace construir la economía de una región? Leerte no era complicado. Lo tuyo fue nefasto, desde el principio. Con tu antecedente de racista en televisión, hasta tus impertinentes decisiones de Estado, revelaste, con tu esencia, un sistema que pone a peleles ansiosos de poder, en una silla que no les pertenece. En un lugar donde no toman las verdaderas decisiones. En un teatro, barato y siniestro, que mata gente, mata sueños y mata a una nación.

Tu mérito fue llegar agarrado de uñas al final de tu mandato. A cambio, eso sí, y como tantos otros antes, vendiste a tus paisanos en el proceso. Te expusiste tal cual sos, lo cual —en sí— no es importante. Por lo menos no tanto como cuánto expusiste a cómo funciona el sistema. Uno que coloca en la silla a tipos torpes. A gente con carencias emocionales, para que su carácter sea débil. Mejor si son proclives a los vicios, los de la carne, las drogas y el licor; así, limitada estará su libertad. Con vacíos internos, para que busquen aceptación de cualquiera, siniestro o no.

Esta columna no tiene como propósito hacer juicios de valor sobre personas. Pero lo tuyo fue funesto. El denominador común de lo cándido a lo abyecto fue quiénes estuvieron jalando las pitas de tus manos. Ahora sangre corre por tus actuaciones, y eso es lo que dejas impregnada en esa pestilente figura llamada presidencia. Tuviste la banda, sí. Pero claro está que mientras te entretuvieron con tus gustos, hicieron y deshicieron con el país. Jamás fuiste presidente.

Por: Pedro Pablo Solares. Prensa Libre 12/01/2020

 

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